9 de julio de 2009

Las sombras de Poe

Que procedas del cielo o del infierno, qué importa,
¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
De un infinito que amo y jamás he conocido.

Charles Baudelaire


Tal vez el rasgo de la obra de Edgar Allan Poe (Boston, 1809 - Baltimore, 1849) que presenta más interés al público lector del siglo XXI sea su incansable y aguda exploración de la psicología humana, de sus profundidades más subterráneas e inconfesables, de todo aquello, oscuro y perverso, que subyace al mundo racionalmente organizado que el hombre se crea para sí mismo, con el objetivo desesperado de ocultarse a la vista los furtivos elementos de su existencia que no encajan en este meticuloso esquema. Sus cuentos y poemas indagan, con una fortuna de que pocos pueden vanagloriarse, en este mundo inconsciente de fantasmas y sombras, acercándolas a la luz y desnudándolas frente al lector: de este modo, Poe lo ubica, desamparado, cara a cara con sus propios demonios.
Este afán de iluminar, de desocultar, de enfocar lo soslayado y apartado de la vida cotidiana, es puesto en juego en la convicción de que no es posible alcanzar el máximo grado de belleza en el arte sin un componente de extrañeza, y esto llevó a Poe a sumergirse, en gran parte de su obra, en el género fantástico, lo que le permitió tomar y combinar con considerable libertad los materiales que tenía a su disposición para la composición de sus cuentos, sin necesidad de sujetarse a las severas restricciones que la verosimilitud impone a los hechos exhibidos, lo cual habría resultado, acaso, en un empobrecimiento de su efecto.
El mundo físico que presenta Poe en su obra se comprueba inescindible de sus temáticas: en la construcción de sus escenarios, el escritor estadounidense se apropia de elementos de la tradición gótica, tiñéndolos de su propia visión artística y añadiendo componentes grotescos (es decir, que combinan de forma caótica elementos de varios planos disímiles, a veces presentando la figura humana de forma burlesca, antinatural), para conseguir un grado supremo de expresividad del ambiente, en el que se conjugan los célebres castillos en ruinas, los sombríos paisajes crepusculares de árboles marchitos y aguas estancadas, los recónditos pasillos medievales; y moviéndose en esos tétricos espacios, la galería de personajes aristocráticos desencantados de la vida, signados por la desgracia y la desesperación, a veces carcomidos por el deseo de venganza, otras, vencidos por la culpa o el horror. Esta impresionante ambientación, llevada a cabo con maestría inusual, retrata a la perfección el mundo de ambigüedad y terror, que se ubica entre el sueño y la vigilia, a medio camino entre la cordura y la locura, en el abismo entre la vida y la muerte, que Poe pretende desentrañar.
En sus cuentos fantásticos (la especificación es válida, puesto que Poe ha también incurrido en la cuentística de raciocinio, fundando el género policial clásico con el relato “Los crímenes de la calle Morgue” y su detective aficionado Auguste Dupin, que tendría ilustres seguidores, notablemente Arthur Conan Doyle y su Sherlock Holmes) son temas recurrentes el estado de muerte en vida, la deshumanización del hombre, la pérdida del ser amado y la locura como circunstancia incipiente en todos los hombres. En “La caída de la casa de Usher”, una hermana enterrada viva, símbolo quizás del inconsciente sepultado por la conciencia, vuelve de la muerte para traer la ruina y el horror; en “William Wilson”, el narrador es hostigado a lo largo de toda su vida por un personaje, como una sombra punitiva, que, como se revela al final, no es sino su doble exacto, acaso él mismo, y a quien, en su exacerbación, asesina, para caer también él en la perdición; en “Ligeia”, la amada muerta del narrador se sobrepone a su destino fatal para reencarnarse en el cuerpo de la nueva esposa; en “El corazón delator”, los fantasmas del homicidio se vuelven insoportables al perpetrador del crimen y lo inducen a una desesperación que lo lleva a delatarse a sí mismo.
Observamos, pues, en estos escuetos ejemplos, la obsesión de Poe por acciones extraordinarias, ejecutadas por personajes sombríos, en situaciones límite, bajo el embotamiento de emociones desmedidas, atormentados por la culpa, la demencia o el amor perdido. A través de elementos tan poco visitados por la literatura de su siglo, eminentemente realista, Poe supo capturar todo lo que de irracional y tenebroso tienen la mente y el alma humanas, y tuvo decididamente un ascendiente fundamental para gran parte de la creación artística de su época y la subsiguiente: autores tan disímiles como el francés Charles Baudelaire y el argentino Jorge Luis Borges lo citan entre sus influencias, y es fácil adivinar que, sin la descarnada y original exposición que realizó el escritor estadounidense de los umbríos mundos despreciados por el costado racional de la mente, otro habría sido el destino de gran parte de la literatura posterior (basta pensar en géneros como la ciencia ficción), e incluso de disciplinas externas al ámbito literario, como el psicoanálisis. No es ocioso alegar, en efecto, que antes de su formulación discursiva por Sigmund Freud, los cuentos y poemas de Poe, a su modo, habían ya vislumbrado las escarpadas complejidades del inconsciente humano.

28 de abril de 2009

Segundo intento


UN MOMENTO



Everybody’s making love or else expecting rain
And the Good Samaritan, he’s dressing
He’s getting ready for the show
He’s going to the carnival tonight
On Desolation Row

Bob Dylan


El crepúsculo que siguió (¿o precedió? ¡Tiempo, invento tan confuso, tan vago y artificial concepto!) al día de la rutinaria tragedia se agazapaba por entre las opacas barras de una cortina desvaída mientras Eunice quedaba indefinidamente arrellanada sobre una silla de frío acero, con la mirada fija y pletórica de decisión, pero desorientada, como escudriñando el paisaje en busca de un objeto que acaparase su ávida atención. El panorama que se le entregaba sumiso no exhibía ningún rasgo plausible de desesperación o tristeza; su alma no estaba apagada, sino sólo rendida. Sus pálidas manos no temblaban; su expresión no estaba crispada; su postura, aunque hablaba de cierta afectación, no carecía de calma altivez. La última luz del sol imprimía tonos melancólicos, ya sombríos, ya dotados de un plácido resplandor, a todo aquello en lo que se posaba. Las nubes, que amenazaban deshacerse ante la influencia del viento y el reflejo celeste, parecían detenidas en la contemplación del incierto espectáculo que se desenvolvía –que se estancaba– debajo de sus precarias formas. La escena recordaba a la quietud misteriosa de un lago ensombrecido por algún árbol de contemplativa lobreguez.
¡Quién pudiera penetrar la más honda intimidad de aquel instante! Todo era incertidumbre: la escena se debatía incesante y monótonamente al filo de un abismo desconocido y pertenecía, acaso, al dominio de los márgenes, del límite irresoluto entre campos opuestos o correlativos (no es más que una tribulación del raciocinio pretender una escisión definitiva entre estos conceptos). El momento en su inmensa y dudosa totalidad metaforizaba con ominosa fidelidad el postulado de quienes niegan la esencia y proclaman la diferencia como motor del indeciso tejido de indeterminaciones y formas vagas que constituye lo que algunos necios o ingenuos incurables han llamado realidad.
Eunice, inmóvil silueta, redoma de emociones contenidas, no era sino un delicado e ínfimo detalle en la implacable vastedad de aquella pintura. Sus evocaciones de las horas pasadas surgían como de un ensueño, y sin embargo se revelaban de materialidad casi más sólida en el gris ambiente que los rasgos ingrávidos de la joven. Recuerdos florecían de caprichosas figuras colgadas, de amplios pastizales de un marrón otoñal, de ambulancias que escapaban de un temor sordo, de carnavales estridentes, de motines y marineros, de vacíos adoquines carcomidos por incesantes susurros, de un sosiego y una inquietud vacilante pero perpetua. Alrededor de Eunice, los objetos adquirían, asimismo, la naturaleza volátil que pertenece a la memoria y los sueños.
¿Era calma? ¿Era espantosa agitación? ¿Era acaso niebla lo que velaba a Eunice las impresiones de sus sentidos? Su humanidad se insensibilizaba como consecuencia del efecto inexpresable que conjuraba la sutil sombra de un momento que era vacilación, que era orfandad de sentido. El sonido estaba apagado. La luz crepuscular se atenuaba y parecía emprender una impasible retirada, pero la ciega confusión de la penumbra no aparentaba ganar terreno. Sólo la indefinición elevaba su difuso estandarte.
Entonces, en algún momento (si anterior o posterior, corresponde al terreno de la conjetura), cuando el horizonte vespertino se tornaba borroso y ansiaba emular la iridiscencia del agua tornasolada, una cuerda vibró, una ráfaga sopló, una hoja cayó y un dedo de la pálida mano se movió. La ventana detrás de la dudosa figura reflejaba una sombra. Alguien –si aún era alguien– suspiró veintidós años.
La mano se tomó de la baranda con una convulsión, pensando en un dios o una culpa, y el suspiro se precipitó levemente al vacío.

12 de enero de 2009

Baratija

Extracto de "Boludeo en compus ajenas" (2007), en Lo que es estar al pedo, Tomo II, Ed. Waterloo Afternoon, Buenos Aires.


¿Quién sino Dios tiene potestad para el establecimiento del ser o no ser de algo? Establecer es definir una esencia, determinar una existencia y distinguir un atributo. Aun la oscuridad retraída en el interior de una caverna se conserva a sí misma.
Y sin embargo, Dios no brinda su mecenazgo a cada mutación, cada decisión, cada cambio de ruta, cada eterna caída en el abismo de la libertad. Pues no es otra cosa que esa irreductible desprotección lo que nos permite decidir ser quienes somos: estiramos los brazos y las piernas, forzamos la vista al límite de sus capacidades y penetramos todo cuanto es capaz nuestra alma, pero al final todo es vacío.
Dios es Todo, pero, a la inversa, todo es Dios. El feroz vacío que se cierne sobre nosotros no es en realidad vacío; al menos, no lo es más de lo que tú o yo somos vacío. Recuerda: la iluminación de la gracia instiga al ser a ser como es, y mantiene al no ser en el terreno del no ser. La inefable desprotección que mencionas no es sino el más grandioso de los cobijos.
En este punto, hay que separar las concepciones que guardamos de Dios. Mi Dios no da órdenes sino pautas; no empuja a sus hijos a su destino, los guía hacia las encrucijadas. Así enseña, y así también Él mismo aprende. Porque yo no comulgo con la ridícula caricatura que algunos sostienen de Dios, según la cual Él, desde su trono divino, actúa como severo Juez que castiga la más mínima desviación del camino prescripto. No, porque no existe tal camino. Existe, más bien, una infinidad de puntos siempre confluyentes y siempre disgregados, que cada uno recorrerá hasta formar el complejo entramado de la vida.
Tu Dios es demasiado débil y vago, demasiado difuso, demasiado humano para ser Dios. El concepto de Dios encierra más cosas de las que tal vez ni siquiera podamos soñar con abarcar haciendo uso de nuestro limitado espíritu; pese a ello, veo claro que a él pertenecen la Suprema Autoridad, en tanto Creador del Universo, y la Sabiduría Infalible, en tanto Mente Eterna a la que todo vuelve. ¿No es aún transparente mi decir? Pues escucha: existe un camino, amigo, y Dios es quien lo traza.
Te ruego que velemos, como si de un precioso tesoro se tratase, porque nos dirijamos sin obstáculos ni desvíos al punto que nos concierne. ¿Cuál es la manera indicada? Aquella que cada individuo elige, en determinada situación, bajo diferentes estímulos, con ciertas restricciones, seguramente guiado por algún interés y sin duda oprimido por su inseguridad. Y esa manera indicada será, o no, la más propicia acorde a las circunstancias que acabo de mencionar, pero habrá sido decidida por el individuo, haciendo pleno uso del divino don del libre albedrío, y él será el pleno responsable de las consecuencias de su decisión.
¡Oh, infame soberbia! ¡Oh, mortal azote del hombre, serás su ruina y perdición! ¿Pretendes, pues, ser responsable de algo tan inasible como las consecuencias de un acto humano? Sabes tan bien como yo que la realidad es infinitamente más ininteligible que eso. Supuesto que eres tú quien toma la decisión y escoge el camino a seguir, ¿quién es el verdadero autor de aquello que antecede y sigue a esa decisión? En esas condiciones, ¿puede decirse que cada individuo está detrás de su decisión? A mi entender, el ínfimo individuo no es más que un punto perdido en la extensa y confusa representación artística que es el mundo.
¡Basta ya!, acabemos la discusión de una vez. Conformémonos, por el momento, con seguir adquiriendo la banal sapiencia que nos regala el maravilloso artefacto que tenemos frente a nosotros. Los comerciales casi terminaron.



Videillos para la ocasión: primero, "Dear God" de XTC; después, "My God" de Jethro Tull. No se los tomen muy en serio tampoco.







8 de diciembre de 2008

I read the news today, oh boy




El recuerdo de fechas significativas corre el riesgo de ser superfluo, incluso vacío, si se torna simple decantación de vanas idolatrías iconográficas, si pretende trascender o ignorar la profunda humanidad de la obra de un artista. En una situación semejante, el nuevo beato pasa a ser alguna clase de figura metafísica, suprahumana, pero a la vez vergonzosamente transcripta a una mera caricatura en el frente de una remera.

Propongo prescindir de trilladas apologías, odas, elegías, y apegarnos a homenajes más cercanos. Lejos quedó el sueño del Verano del Amor, lejos las ilusiones de una música que pudiera cambiar el mundo, lejos los ideales de reencontrarse con un paraíso mil veces perdido; hoy sabemos que todo aquello fue tanto engaño como necesaria ilusión. Pero no desaparecen -no mientras conservemos el último rastro de candidez- ni las ideas ni la esperanza compartidas, patrimonio de los jóvenes de los soleados '60 tanto como nuestro: John simplemente fue uno de estos jóvenes. Que, además, compuso y cantó canciones que no sólo reflejaron como pocas un tiempo y sus inquietudes y algunos grandes temas de valor universal, sino que, sobre todo, no han dejado de ser aplastantemente hermosas.

Qué mejor, pues, que dejar que las canciones se hundan, una vez más, bajo la piel, y recordar a John Lennon -el hombre- como su autor.



Mind Games (1973)





Yer Blues (con algunos tipejos cualunques)





#9 Dream (1974)





Happiness Is A Warm Gun (1968)

15 de noviembre de 2008

A ver... [Actualizado con 'Comentarios a Álbumes']

..., acabo de rendir el segundo y último parcial de Lingüística General. Debería dar inicio a una maratón de día y medio, en que mis más feroces competidores son un puñado de oraciones de griego clásico, en que la meta, el clímax, es un nuevo parcial en un aula de mi querida Facultad de Filosofía y Letras -"Filo" o "Puán", ubicada en Puán al 400- bautizada, arriesgo que por las masas estudiantiles, "Boquitas", en honor, creo, al -recordarán quienes hayan egresado conmigo del ya lejano Pelle- soporífero libro de nuestro muy argentino autor Manuel Puig, quien estudió, aunque no estoy seguro de si también dio clases, en la mencionada Facultad.
Luego de este otro examen -ese que todavía no rendí, ese para el que no estoy preparado, ese que me gustaría no rendir-, e impulsados por cierta fuerza inercial del porvenir, que atrae hacia sí todo momento presente, nos vemos -mi diluido cerebro y yo- transportados, diría arrojados, hacia una nueva instancia triatlónica consistente en evidenciar oralmente ante alguna autoridad -constituida tal por el mismo proceso al que nos estamos viendo sometidos mi socavado cerebro y yo- que en efecto leí todo lo que dicha autoridad me instigó a leer. Si entendí, pues eso constituye jurisdicción de otro árbitro, acaso yo mismo. Nosotros mismos, mi agotado cerebro y yo. Amo mi carrera.


El audaz y arrebatado prolegómeno anterior, ramificado y autodesarrollado sobre la marcha, es un buen ejemplo de lo que se conoce como "stream of consciousness", e iba simplemente a que, como excusa para no empezar a practicar la bendita lengua de Solón -¿por qué nunca nadie recuerda al padre de la democracia ateniense, y por ende, occidental?-, actualizo el blog.
Les dejo un par de álbumes, los invito a que los escuchen y, si así lo desean, escribir dos palabras sobre alguno de ellos. Yo en algún momento haré lo propio [hecho; tampoco me gasté mucho que digamos].


Aladdin Sane (David Bowie) (1973)

Otra de las razones para aplaudir al Camaleón: a la hora de enfrentarnos con “Aladdin Sane”, su sexto álbum de estudio, estamos hablando de una música especial, fresca como pocas y a la vez opresiva, pantanosa, insoportablemente urbana, demoníaca. Increíble el aura mística-decadente que se respira a lo largo de todo el álbum, que serpentea por diversos géneros, cosechando, por lo demás, escandalosos éxitos en cada uno de ellos: rockea a todo trapo en ‘Watch That Man’, coquetea con una psicodelia oscura y lujuriosa en la pista titular, se manda grooves bluseros inhumanos en ‘Cracked Actor’ y ‘The Jean Genie’ y nos embarga de una belleza asfixiante en ‘Lady Grinning Soul’… Escuchar, escuchar es la clave, y dejarse llevar.

Court & Spark (Joni Mitchell) (1974)

Uno de esos discos quintaesencialmente hermosos, que nunca cansan, que uno tiene ganas de escuchar en todo momento, pero sobre todo en esos tiempos de reflexión íntima, cuando exploramos rincones secretos y olvidados de nuestro interior; en particular, se me ocurre, es ideal para acompañar tardes solitarias, de sobrecogedores autodescubrimientos, acaso de terribles conclusiones, de decisiones definitivas. La voz de Joni es ideal para susurrarnos sus verdades en esos momentos; en cuanto a la música, pues el buen gusto de que se precia esta cosa es de no creer: ya sea con un sencillísimo pero demoledor piano de fondo (en la canción que abre el álbum y le da título), con centelleantes rasgueos de acústica (‘People’s Parties’) o cuando pela la eléctrica y escupe ‘Raised On Robbery’, la canadiense te conmueve; esto es, en una palabra, música inmortal.

Remain In Light (Talking Heads) (1980)

Este disco es cosa de locos. Literalmente; de un loco como David Byrne, pero también para locos: me cuesta imaginar una persona por completo cuerda que pueda engancharse con música así. Música que, aclaro desde ahora y para siempre, es humanamente indescriptible. Vagos intentos de comentarla, sin embargo, son lícitos: el sonido de “Remain In Light” es un rito tribal, una masa machacona y funky, plena de cánticos voluptuosos pergeñados para alimentar nuestro costado más sofisticado y, a la vez, entretener nuestro yo más primitivo y salvaje. Hay ritmos complejísimos –tanto que cuesta acostumbrarse– pero siempre efectivos, apabullantes armonías vocales, estribillos pegadizos como el que más, y, para coronarlo todo, una performance grupal que es para sacarse el sombrero. Los Talking Heads hicieron acá algo groso, algo verdaderamente seminal.

Murmur (R.E.M.) (1983)

Se sorprenderán de esta elección. Pasa que, por más que el mundo no esté aún enterado, Stipe y compañía son bastante más que ‘Everybody Hurts’ y ‘Losing My Religion’. Temas que están bien, pero, a mi juicio, no llegan a las alturas que supieron alcanzar en sus gloriosas épocas tempranas. Este disco en particular –el debut en larga duración– parece un puto compilado de temazos. Todos y cada uno de los temas tienen algo que ofrecer: un break de guitarras por acá, algún inolvidable gancho vocal más allá, más de un brillante riff acústico dando vueltas. Los decibeles se mantienen bajos de principio a fin; ningún tema rockea claramente, y para colmo, la voz-murmullo del cantante -haciendo honor al título del álbum- hace que todo parezca estupendo para una buena siesta, pero de alguna manera, la banda hace maravillas por todos lados. Y el que no me crea, remítase sencillamente a escuchar un ‘Radio Free Europe’, un ‘Talk About The Passion’, un ‘Shaking Through’, y que intente no estremecerse de emoción.


The Queen Is Dead (The Smiths) (1986)


El disco fundamental de esta bandita de baratos imitadores de los Byrds. Al diablo con él.
Sí…, algo así diría si esta cosa no fuera condenadamente genial. Reconozco que tardó en pegarme: por mucho tiempo, escuchaba esta seguidilla de inofensivas viñetas confesionales y me preguntaba, desesperado: ¿Esto es la obra maestra que todos pregonan? Carajo, estaré loco, o sordo, o me habré vuelto finalmente estúpido, pero me pierdo lo verdaderamente groso acá. Bueno, algo así pensaba, hasta que un día me puse a escuchar con detenimiento la seguidilla en cuestión, y, sin previo aviso, pude apreciar el abrumador atractivo de los arreglos, la belleza sutil de las melodías, la humilde perfección del tono embrujado que saca Marr de su guitarra. Además, me di cuenta de que ‘Bigmouth Strikes Again’ es un himno total del rock, y de que el quiebre eléctrico antes del estribillo es una de las cosas más increíbles que le pueden pasar a un par de oídos mortales. Eso, nomás.


Disintegration (The Cure) (1989)

Lejos de cansar, ‘Disintegration’ te va absorbiendo, chupando, cada vez más y más, hasta que quedás completamente enamorado de su imponente atmósfera. Ok, será más depresiva que ‘Kid A’ y ‘The Wall’ juntos, pero hay que ver QUÉ atmósfera depresiva consiguen Smith y sus muchachos. Los sonidos se articulan, tranquilamente, uno a uno, se apilan, se entrecruzan, fluyen por sus cauces, derivan por todos los resquicios de la imaginación, hasta que configuran una inimitable y majestuosa pintura sónica de la más formidable solemnidad y belleza. Es, realmente, como una aplanadora sinfónica que aplasta los sentidos sin piedad y avanza sobre el alma, empequeñeciéndonos. No hablemos ya de canciones –esto no es desarticulable en sus partes componentes–, sino de la impagable experiencia que entreteje el conjunto: la límpida profundidad que subyace a esta música que, recordemos, es ejecutada por sólo una banda de rock, es todo menos explicable. Como siempre, invito con humildad a empaparse los sentidos con este ritual cuasi-religioso elaborado de sonidos.

The Mollusk (Ween) (1997)

El dúo-parodia Ween es una de esas bandas de culto que definitivamente no suenan muy a menudo en la radio, pero que guardan un par de sorpresas agradables para quien se sumerja en su discografía. Dejo acá su obra más reputada –entre nerds musicales, que son los únicos que la conocen–, la cual, si bien no es el álbum más consistente de que tenga noticia, aborda una variedad de humores, estilos y arreglos que da gusto. La enigmática ‘Mutilated Lips’, la progresiva ‘Buckingham Green’, la extravagante ‘Polka Dot Tail’, la bellísima ‘It’s Gonna Be (Alright)’ o la resonante rendición de ‘Cold Blows The Wind’ son algunos de los pilares de este disco que parece realmente singular en el contexto de la época en que salió. Y sí, es cierto que los bufones estos pueden a veces sonar muy retro –tal vez por eso me gustan–, pero el toque personal, la vibra moderna, está. Ahí está su sello distintivo. Yo, por lo menos, no imagino a ninguna de mis bandas preferidas de los ‘60 titulando a un tema ‘Waving My Dick In The Wind’.

Yoshimi Battles The Pink Robots (The Flaming Lips) (2002)

Ya lo comentó Pablo: “Yoshimi” es como una droga. Otro que incorpora, a cierto regusto de rock clásico, ínfulas electrónicas y valores de producción más contemporáneos que vienen como anillo al dedo. ¿Cómo imaginarse ‘Fight Test’, ‘Do You Realize?’, ‘It’s Summertime’ sin de sus detalles modernosos? Yo no puedo. Sin hablar de que cada una de estas canciones, más allá de adornos y embellecimientos –los que, si queremos ser esencialistas, no pueden sino quedar fuera de consideración–, es una tremenda gema melódica en sí misma, adictiva a más no poder, que pasará días enganchada a su cerebro cual piojo al cuero cabelludo –¡qué metáfora eh!; tiembla Andy–. Imposible resistirse. [wow, qué pocas ganas que tengo de escribir a esta altura]

13 de octubre de 2008

Fulgores

Odio quebrar promesas -aun las relevadas en materia virtual-, pero la inspiración para aquella obra de "elegante prosa y refinado estilo" -me cito de memoria, sepan ser indulgentes en caso de inexactitudes-, esperablemente, nunca llegó. Les dejo, en cambio, una suerte de prosa poética de esas que son prontas y fáciles de escribir, y aun más fáciles de destruir. La receta para arribar a una construcción aceptable de uno de estos escritos se detalla a continuación:
a) por entre la ajetreada y globalizada vida de uno, inmiscuir diez minutos de ocio creador;
b) concebir una o dos ideas, preferiblemente sin mayor relevancia para el género humano como tal;
c) preparar el ambiente propicio para que la musa se avenga a regalarnos el arrebato de la poiesis -en armonía con lo que dije en otro sitio, esta atmósfera beneficiosa se logra con perfecta adecuación por medio de música de algún tipo, lo cual, previsiblemente, excluye reggaeton;
d) abrir Word, o, en su defecto, el bloc de notas;
e) plasmar la idea -rara vez llegamos a una segunda- en palabras, e intentar efectivamente decir algo con esas palabras -siendo esto último lo de verdad difícil-;
f) no olvidar el profiláctico: ctrl + g, a full
g) voilà:



Es esa grácil contemplación de lo propio; esa distorsión que hunde la apreciación en el abismo de lo imposible. Las alas, polvo vuélvense. El irracional espiritu, del cuerpo –¡ah, desertor vil!– despégase al fin. La feroz pasión entierra sus tizones ardientes, desgarra carne, consume alma, sáciase de vida que no le pertenece, pero que ha conquistado, y escapa. El ínclito rayo divino no espera, no olvida, no conoce perdón ni misericordia; la alianza tenebrosa de tridente y espada, en poderosa mano vengadora constitúyese. ¡Cruento azote de la humanidad! ¡Nefasta, vos, que emponzoñáis al tiempo que bendito aliento otorgáis!
Nubes de desesperación empantanan los cielos. Por sobre los famélicos desiertos, nadie osa macular de virtud el paraje pleno de inicuos vicios. Amo y siervo, progenitor y verdugo, azufre letal y vivificadora fuente de todo; todo, es dos; dos, uno solo, y uno el mundo mortal.
Y aquel que, atravesando escarpados caminos, escalando profundidades, subsistiendo contra las fuerzas del sino que se esfuerzan en devastar su voluntad y su juicio corroer, apenas inspirando aún, inacabablemente a merced de dos dueños, no detiene sus enfermizos pasos, jamás ceja en su moribundo afán de alcanzar lo infinito desde su frágil finitud.
Los ojos que, en lo alto y en la abyecta ciudad, obsérvanlo y síguenlo, y someterlo pretenden, ríen. De la torpeza y debilidad, de la imprudencia inútil, de la inconsciencia de la propia pequeñez y la terca perseverancia en llegar a lo que es vedado. Como descuidadamente, con gesto precipitado, podrían ausentarlos de las llanuras y los montes y las aguas, para siempre, reflexionan el ser absoluto y el otro.
¿Qué fuerza es la que, clemente, detiénelos? ¿Algún indiscreto sentimiento de piedad? ¿Curiosidad, acaso? ¿El científico y aséptico interés de aquel que, inescrutablemente superior, resguarda la desdeñable esperanza de la víctima, para entretenerse al espectáculo de sus minúsculas reacciones?


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Está claro que lo mejor del post es el título.
Y no olviden darle una oída a la siguiente canción, que trata de una chica que quiere esperar a que llegue el fin de semana para emborracharse y romper la noche. ¿Alguien sintiéndose identificado? ¿Alguien...?

...


¿...Harry?


Boomp3.com

I Want To See The Bright Lights Tonight (ídem, Richard & Linda Thompson, 1974)

I'm so tired of working everyday
Now the weekend's come I'm gonna throw my troubles away
If you've got the cab fare mister you'll do alright.
I want to see the bright lights tonight

Meet me at the station don't be late
I need to spend some money and it just won't wait
Take me to the dance and hold me tight
I want to see the bright lights tonight

There's crazy people running all over town
There's a silver band just marching up and down
And the big boys are all spoiling for a fight
I want to see the bright lights tonight

Meet me at the station don't be late
I need to spend some money and it just won't wait
Take me to the dance and hold me tight
I want to see the bright lights tonight

A couple of drunken nights rolling on the floor
Is just the kind of mess I'm looking for.
I'm gonna dream 'till Monday comes in sight
I want to see the bright lights tonight

Meet me at the station don't be late
I need to spend some money and it just won't wait
Take me to the dance and hold me tight
I want to see the bright lights tonight

Take me to the dance and hold me tight
I want to see the bright lights tonight

14 de septiembre de 2008

Post Puente

Así bautizo la presente entrada del blog. Encontrándome en medio del proceso creativo que dará lugar a un nuevo texto pletórico de ingeniosa prosa y elegante estilo, opto por engañar estómagos con este breve bocadillo que vio la luz junto a mis apuntes de Gramática del pasado cuatrimestre. Sugiero no tomarlo como más de lo que es, ni de otra manera distinta a como fue pergeñado: un irrelevante pero inofensivo -y hasta, desde algún punto de vista, inéditamente llamativo- divertimento autoindulgente que, no azarosamente, tomó la forma de una seguidilla de proposiciones y oraciones vagamente organizadas por una temática común, en las que mi aún pobre instinto literario adivinó alguna validez estética. De yapa(1), y en mera función de "relleno", dejo una etérea y hermosa canción de los escoceses Cocteau Twins, y algunas frases del muy capo y muy irracionalista filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Invito a inhalar una saludable porción de aire inmaculado y disfrutar de la canción; el resto es accesorio.


Boomp3.com


Consuelo para un espíritu oprimido por las desdichas; blanquecina luz, brillo postrero que resplandece sobre el corazón fatigado; panacea que aligera el peso insoportable del dolor. ¿Quién no anhelará encontrarlo, por fortuna, acechando fatalmente tras el próximo recodo deparado por el siempre rancio vivir?

Antes de la caída fatal, vislumbrar algo verdadero, una justificación, siquiera una excusa por los martirios sufridos; penetrar los arcanos que comandan el sino de los males soportados, llegar así a una respuesta; pisar, por única vez, mientras el beneplácito divino huye de nosotros, terreno agraciado por la más esquiva de las certidumbres; vislumbrar, en el último e infinito instante, al menos para cobrar la seguridad y retener la memoria de su existencia, la razón última de la inevitable necesariedad de ser.

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El hombre meditaba incongruencias existenciales bajo la trémula luz de las estrellas y frente a la mirada atenta de las aves de Minerva. En el instante menos apropiado, se percató de lo maravilloso que era pensar. Hilar ideas, presentir y conjeturar relaciones entre conceptos, desarrollar aquellos que allanaban el tan falible camino del juicio y desechar los que lo entorpecían. El simple –¿o el más complejo de todos?– hecho de tomar una porción de la realidad y, laboriosamente, comenzar a desmembrarla a su antojo, se le reveló como algo en esencia milagroso.

Tanto como sentir en las yemas de sus dedos la humedad del césped y en su espalda la aspereza de la madera de la maltratada encina sobre la que descansaba su cuerpo. Y como descubrir con sus propios ojos la luminosidad –¡y el movimiento!– que portaba una estrella fugaz, como la que pasaba en esos momentos, surcando el éter en vuelo majestuoso.

El hombre experimentó numerosas sensaciones semejantes a éstas en el mismo preciso instante en que tomó noticia de que todo a su alrededor palpitaba al unísono y en consonancia con su propio latir interno. Su entorno le hablaba, ¡no!, le rugía, le hacía saber que era parte, de la misma forma que él, del todo sagrado.

Y el hombre supo esto con toda certeza –con más certeza, en verdad, de la que nunca antes había tenido acerca de nada– por primera vez en su vida, y lo supo en el instante menos apropiado, cuando un sigiloso jaguar, tal vez alertado por un inusual olor, se precipitaba, garras en alto, sobre aquel insolente invasor de su encina.




¡Es el turno de Federico!


"Es preferible morir a odiar y temer: es preferible morir dos veces a hacerse odiar y temer."

"El remordimiento es como la mordedura de un perro en una piedra: una tontería."

"Hay siempre algo de locura en el amor; pero siempre hay algo de razón en la locura."

"La buena memoria es a veces un obstáculo al buen pensamiento."

"La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño."

"La ventaja de tener mala memoria es que se goza muchas veces de las mismas cosas."

"Nadie puede construirte el puente sobre el cual hayas de pasar el río de la vida; nadie, a no ser tú."

"La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano."

"Lo que más me molestó no es que me hayas mentido sino que, de aquí en adelante, no podré creer en tí."

"Si solo se dieran limosnas por piedad, todos los mendigos hubieran muerto de hambre."

"Lo absurdo de una cosa no prueba nada contra su existencia, es más bien condición de ella."

"El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse."

"Sólo comprendemos aquellas preguntas que podemos responder."

"El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa."

"La verdad es que amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a ella, sino porque estamos acostumbrados al amor."

"Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos."

"Hay una exuberancia en la bondad que me parece ser malignidad."

"Dios ha muerto, su piedad por el hombre lo ha matado."

"Sin música la vida sería un error."

"Creo que los animales ven en el hombre un ser igual a ellos que ha perdido de forma extraordinariamente peligrosa el sano intelecto animal, es decir, que ven en él al animal irracional, al animal que ríe, al animal que llora, al animal infeliz."



(1) Véase: blues/rock de los '70.